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995. LA VOZ DEL EMPLEADO
La convocatoria de huelga en una Compañía arrastra, súbitamente, a muchos empleados. Sobre todo, a los cerebros frustrados. De entrada, el personal se siente irritado y exaltado. Cualquier cartel animando a la huelga levanta vagos rencores haciendo creer a los empleados que han fracasado los objetivos y que, sólo a través de la huelga, se encontrará el cambio y la prosperidad.
Tuve la ocasión de vivir una huelga con un buen amigo empresario del sector de la luminotecnia. Este hombre, de vendedor de aparatos de iluminación había conseguido montar una Empresa con más de mil empleados que competía con las multinacionales de su sector. Le gustaba llamarse a sí mismo «el hombre del maletín», en recuerdo a su época de representante. Cuando le preguntaban qué había estudiado, respondía que era «licenciado en ciencias de la vida por la Universidad del mundo».
Era un hombre que siempre se distinguía de los demás. Tenía una expresión grave y serena en el rostro; unos ojos negros penetrantes que revelaban una gran energía interior; un pliegue burlón en torno a su boca y un aspecto varonil que le daban un especial atractivo. Sus movimientos eran reposados y estaban llenos de expresividad y parecía, que allí donde él estaba, todos queríamos estar. Era tal la cercanía que te hacía sentir que a cualquiera se le pasaba enseguida el miedo y se atrevía a conversar con él con toda franqueza y desenvoltura.
Una noche me llamó para decirme que no se había desconvocado la huelga indefinida a la que se enfrentaba su Empresa. Sus directores generales, junto con su hermano mayor, que se encargaba de las fábricas, no habían conseguido llegar a un acuerdo con los sindicatos y su departamento financiero le había anunciado que el resultado económico de la huelga podía precipitar la quiebra en el plazo de una semana. Tenía firmados contratos para suministrar sus productos en las principales obras de España y, si no cumplía, paralizaría las obras además de incurrir en fuertes penalizaciones. Me dijo: me he mantenido al margen pensando que mi hermano podría arreglarlo, pero no me queda más remedio que coger al toro por los cuernos y estar mañana a las siete de la mañana en la puerta de la fábrica, para ver qué puedo hacer. Me queda una noche de mucho pensar. Le pregunté si quería que le acompañase por si podía ayudar en algo o, al menos, estar a su lado. Me dijo que me recogería a las seis de la madrugada para ir juntos.
A la hora prevista, el chofer enfiló rumbo al extrarradio de Madrid en dirección a la fábrica. Cuando llegamos, había varios piquetes en la puerta para evitar que otros compañeros entrasen a trabajar. Nos miraron con agresividad y se escuchó un murmullo general. Insultaron al chófer cuando éste iba a bajarse para abrir la puerta de entrada a la fábrica, pero mi amigo no le dejó y lo hizo él mismo. Saludó con cortesía a sus empleados y abrió el portón. De camino a la sala de juntas, me dijo: es curioso cómo el día de comienzo de la huelga las rebeliones secretas de los empleados se conmueven por la fuerza de los sucesos, lo que les da un poder extraordinario sobre la dirección de la Empresa.