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994. EL ÁNGEL CAÍDO
El presidente de una entidad financiera me presentó una vez a su director del departamento de estudios. Quedamos los tres citados en un restaurante a la hora del almuerzo. Me había comentado que era un hombre que llevaba quince años en el banco y era de su plena confianza.
El directivo tenía un aire de lord inglés, era muy esmerado en su educación y hablaba pausadamente y con sencillez. En su cara había una expresión permanente de buena persona y se veía que su impresionante jefe le imponía mucho respeto. Me pareció un hombre muy inteligente, aunque no se vanagloriaba de su saber. En alguna ocasión, cuando desconocía el tema, se atrevió a decir a su presidente: no lo conozco, pero puedo informarme.
En los postres nos abandonó y le comenté al presidente que me había causado muy buena impresión. Me dijo que pensaba nombrarle director general y meterle en el consejo de administración del banco. Me extrañó, teniendo en cuenta que el consejo estaba formado por auténticos trepas, inteligentes y hábiles en vencer pero con una personalidad diferente a la de este hombre. Le transmití mi pensamiento y me respondió: preciso tenerlo a mi lado por esa razón. Es un hombre muy inteligente y con una visión reveladora de la economía mundial. No tiene ambiciones de poder por lo que puedo comentar con él cualquier tema, sin riesgo de que después lo utilice en su favor.
Por avatares de la vida, la mujer del director de estudios y mi mujer hicieron amistad, por lo que volvimos a coincidir en otras ocasiones y pude ir conociendo bien su personalidad. Era un hombre pacífico cuya actividad principal era un silencioso caminar, modelando sus fuerzas interiores. No le tentaba participar en el gran espectáculo de poder y zancadillas que se daba a su alrededor y prefería tenerlo como objeto de contemplación. Sin embargo, se esforzaba por captar el espíritu que animaba esta competición de trepas infalibles, con el fin de conocerlo para distanciarse, defenderse y cumplir bien el papel al que había sido destinado. La vida agitada le perturbaba y prefería una vida sencilla.
Después de permanecer ocho años en el Consejo de Administración, el banco se fusionó con otra entidad más grande. El entonces ya buen amigo y director general prefirió aceptar una jubilación anticipada a otros puestos de consejero que le ofrecían. En aquel momento álgido, me dijo: en las fusiones, a los viejos les da igual o no les afecta; los jóvenes que tienen proyección de futuro o ganan mucho o lo pierden todo.
En una de las ocasiones que nos vimos, le empujé a contarme las últimas anécdotas de la fusión y cómo había sido la salida de su presidente. Me dijo más o menos: en todas las fusiones, uno de los presidentes tiene que abandonar y, en este caso, por tamaño le tocó al mío. Lo único que le puede quedar al que abandona es que la caída, aunque sin autoridad, sea con la solemnidad suficiente como para que le permita, al menos, dejar una aureola de emoción en las páginas de la historia de la Compañía. Le pregunté por qué no le ayudaron sus ejecutivos más cercanos y me respondió: todos estábamos a su lado pero nadie estaba con él. En esos momentos, para un hombre en su situación, lo mejor es olvidarse de la etiqueta con los ejecutivos fieles y con los empleados que le han honrado y tratarles con tristeza y precaución.